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Una cincuentena de mujeres se prostituyen en el barrio del Fondo

26/01/2017 – Seis chicas ofrecen servicios en plena calle y las demás, en pisos.

Ahí están, haga calor o un frío pelón como el de estos días. Son media docena de mujeres chinas que ofrecen sexo a cambio de dinero en plena calle y a la luz del día, y aquí, en el corazón del barrio del Fondo. No son las únicas: otras 40 mujeres, latinoamericanas y también chinas, se prostituyen en una decena de pisos-prostíbulos, la mayoría en la misma zona. Y también chicos muy jóvenes que hacen servicios sexuales a hombres mayores en el Parque del Molinet.

“Qué quiere que haga, sino puedo trabajar de otra cosa”, afirma una mujer china a la que llaman Mimí. Dicen que es la jefa o la madame del grupo que chicas que hacen la calle cerca de la plaza del Reloj. Ella lo niega con una amplia sonrisa y puntualiza que cada una de las chicas va “por libre” y a “la suya”.

Prostitución discreta

Son las siete de la tarde de un día cualquiera. Llevamos más de dos horas observando de lejos a Mimí, que se ofrece a los hombres que salen de la boca del metro del Fondo. Una explana amplia que le permite moverse con rapidez y caminar junto al cliente indeciso. En dos horas, la mujer ha conseguido llevarse con ella a tres hombres. Uno a uno y por el mismo camino, calle Milà i Fontanals arriba. Si por la mañana y la tarde eran casi todos mayores, a la vuelta de los trabajos la edad es variopinta.

Toda la negociación se hace en la calle, pero con una gran discreción. No hay una palabra más alta que otra ni malos modales. Según el vecindario, la prostitución callejera no causa altercados de orden público. “No es un problema de delincuencia, ni de creencias religiosas, pero no es lógico que los niños pasen entre ellas cuando van al colegio. ¿Qué valores estamos transmitiendo? ¿Esto es lo que queremos para nuestro barrio?, manifiesta Montse, una comerciante, que a veces tiene a las chicas en la misma puerta de su negocio.

Eso y, como subraya un maestro del Virgen de las Nieves: “Es vergonzante que no se resuelva la explotación sexual y trata de blancas de que son víctimas”. Madame Mimí sostiene que a ella nadie la fuerza a nada y que si está allí es porque le da la gana, días después en el barrio. Dice que está allí porque tiene que mandar dinero a un pueblo cerca de Qingtian, dónde sus padres cuidan de sus dos hijas. Nos muestra sus manos de agricultora, con cortes y dedos anquilosados. ¡Dios Santo, cuanta miseria! dejó y cuanta arrastra aún.

Como el resto de sus compañeras, Miní llegó de China de manera legal, con el pasaporte en la mano, el visado sellado y un contrato de trabajo en el bolso. Explica que comenzó a trabajar en un comercio de un amigo, pero que al poco tiempo se vio obligada a hacer la calle.

Uno dicen que porque el negocio de todo a cien no daba para toda la familia y, los mal pensados de la barriada, sostienen que ya sabía a lo que venía; qué todas lo saben, pero no tienen otro remedio si quieren escapar de pobreza.

Vivienda prostíbulo

Mimí explica que cobra 30 euros por 20 minutos y que se ocupa en una vivienda de la calle Terrassa. Se trata de pisito de dos habitaciones, una para trabajar y otra, para descansar por la noche. Se trata de un edificio antiguo, en el que vive una familia china en la primera planta, que saben a lo que se dedica y no le crean problemas. Ni ella los crea: “No llevo borrachos a casa. La mayoría son personas mayores del barrio, gente sencilla que solo quiere disfrutar rato con una chica”.

El nido de Miní no causa problemas al vecindario. Otra cosa bien distinta son los prostíbulos que se instalan en viviendas, aquí y allá. Los hay en las calles Roma, Mas Marí, Nápoles, Reloj , Sant Andreu o Beethoven, en el Fondo, además de uno en el Centro (La Rambla) y otro en Singuerlín (Sants). Algunos comparten la escalera con otros vecinos lo que genera problemas de convivencia y malos entendidos. “Hay tíos borrachos que llaman a casa a las tantas para que les abra”, sostiene una vecina de los primeros números de la calle del Reloj, con dos niños pequeños.

Luego está la coincidencia en la escalera o en el ascensor, los que tengan, que generan escenas tensas y crean inseguridad. Además, algunos de estos aseguran que los prostíbulos, que tienen entre tres y seis mujeres, atraen drogas y delincuencia.

La mayoría de estos prostíbulos captan a sus clientes a través de anuncios de contactos en prensa, páginas web de sexo o a través de tarjetas que reparten hombres en las estaciones de metro. “Chicas chinas muy guapas y jovencitas. Masajes, servicio completo y salidas”, reza una de esas tarjetas, de la que sobresale una joven angelical y teléfono móvil. “24 horas”, se subraya.

Una mujer con voz soviética levanta el auricular y establece las condiciones: “40 euros, media hora”. Y, si vamos, nos promete alcanzar el cielo en la misma calle Mas Mari. La dirección resulta ser cierta, pero el lugar resulta ser una cueva infernal, una casa de los horrores, destartalada, como concebida para el sufriento de aquellas chicas a las que se escucha desde la puerta.

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